jueves 22 de octubre de 2009

Sombras truquescas




Hay un naturalista al que admiro desde hace décadas, se llama Joaquín Araujo y es una de esas personas incansables en la difusión de sus convicciones acerca del medio ambiente. Esta vez sin embargo, me ha hecho reflexionar acerca de cuestiones más personales; la última vez que le escuché en un coloquio dejó caer, a modo de conclusión, la siguiente frase: "Hay que aligerar la dosis, hasta la de uno mismo". Nuestra percepción de lo indudable, se desprende siempre, o casi, de análisis o elucubraciones que pudieran estar guiadas por nuestra experiencia; pero también por esa subjetividad que a veces es un aliado, y otras, un escollo a la hora de ser claro en las apreciaciones que elevamos a la categoría de evidencias.
En la imagen que precede esta entrada, creo ver con claridad a Peter Pan y a Wendy –perdón, no me sé el apellido–; conseguí que Guadalupe Cienfuegos viera al niño eterno en las sombras que veía desde mi cama mientras traía mis viandas de convalecencia de la gripe T (de trancazo), pero con Wendy no había manera. Le di algunas pistas infructuosamente, hasta que se me ocurrió que su perspectiva era lo que la alejaba de lo patente de la imagen. Creí verla dudar, y le hablé sin parar de mi convicción del cambio de inclinación de los rayos solares en esta época del año; de que los mirlos estaban inquietos por unas actividades inusuales de las lombrices en el subsuelo y que los caracoles hacían un ruido extraño al desplazarse. Se tumbó a mi lado intentando desentrañar el misterio y sentí que su salud me invadía; que sus latidos se sumaban a los míos y que las sombras, si las miramos del ángulo adecuado pueden ser fuegos artificiales. Intenté agradecerle la enseñanza, pero sólo me salió una frase que no venía a cuento estando ella donde estaba:–Guadalupita...¡ven pacá!

miércoles 30 de septiembre de 2009

Chamán

Leopoldo Vilches se afeita sin espejo, de nada le serviría a sus ojos cansados; un jilguero posado en su hombro izquierdo parece alertarle de omisiones de espuma. Las montañas se perfilan a lo lejos, y él mira hacia ellas delineando los enormes bultos con recuerdos que no envejecen; rehaciendo los senderos escarpados en su memoria antigua. No habla mucho, y cuando lo hace, suena su voz pequeña como la vieja cuchilla contra su piel agreste abriéndose paso; susurros que allanan el hirsuto parlotear de los aldeanos. A veces puedo adivinar a la distancia cuando él habla, porque el silencio crece en torno suyo. Sobrevivió a la guerra y a la peste, a sus nueve hijos y a todas las injusticias; come y duerme poco, como habiendo aprendido de cada animal, y cada hombre, lo necesario para mantener su paso cauto por la tierra, aunque no parezca ir a ningún sitio.
Nadie predice el tiempo mejor que este hombre menudo, así como nadie siembra sin consultarle antes la oportunidad de hacerlo; la minuta suele ser exigua, un café y un cigarro le animan lo suficiente para levantar su nariz angulosa, entrecerrar los ojos y emitir un dictamen.
En Edén había oído que era capaz de hablar con los muertos, y de forma imprudente, fue lo primero que le pregunté tras darle los buenos días cuando le conocí.
–"Los muertos no hablan con nadie señor, son muy suyos" me dijo dando la cuestión por zanjada y haciéndome sentir muy torpe. Creo que sintió mi embarazo, porque me dedicó la única sonrisa que le he visto al despedirse; y me fui convencido de haber conocido a un hombre discreto y delicado.
Desde entonces le visito cuando voy a la sierra; pero no le hago preguntas, tan sólo le hablo de bueyes perdidos, con la certeza de que él sabe dónde están, y si presto atención, también lo sabré yo.

sábado 8 de agosto de 2009

Atomizados



"Divide y vencerás"; este antiguo adagio demuestra el porqué esa creencia de que los "libros viejos son buenos", es una hipérbole. Sólo los buenos libros llegan a viejos, y trascienden los dichos que se han probado ciertos.
En tiempos, los hombres se fundieron en una masa capaz de arrasar la historia con su catarsis de hartazgo. La tecnología y la comunicación– curiosamente – consiguieron convertir esa masa en un atomizado ente reacio a los cambios, bajo un sopor de artilugios y sensación de libertad que no soporta mucho análisis. Los hombres alineados, alejados unos de otros, echan las monedas para que funcione la máquina de los lobbys y los regímenes; pero sin la posibilidad, en su ostracismo, de decidir qué es lo que hará la máquina.
Hemos delegado nuestras aspiraciones en la benevolencia de los poderosos. La palabra: "Compañero", se transformó en un formalismo sindical; pero nadie quiere ser parte del club, aunque sonría y salude en el ascensor; al llegar a su habitáculo-madriguera, denigrará y despotricará a gusto antes de inyectarse un DVD.
Cada tanto, un brote de indignación le agita especialmente, cuando la apariencia de justicia se resquebraja, ante la mascarada de jueces que juzgan a un amigo y "políticos" de guante blanco; pero pronto lo olvidará el HOMO ISOLATUS, cuando a la historia regrese lo verdaderamente importante: La Liga.

sábado 11 de julio de 2009

Esos simpáticos animalitos


Las cabras tiraron al Monte De Piedad.
Lúzbel hace como que está contrito; se ha sincerado con nosotros y ha admitido que empeñó las cabras para sus desplazamientos por centroamérica; unas dádivas a las nuevas autoridades de Honduras y la entrada para el último show de Michael. Le preguntamos si no podía recuperar a Rosita y a Lulú (la preferida de Cucho), pero dijo que no había nada que hacer. Me pareció que el comandante tenía la mirada vidriosa, con mucho Cristasol, y lo vi muy entusiasmado en trabajar solo en el erial del fondo y estuvo un par de días taciturno. El Señor Guerrero nos sugirió que comiéramos caracoles, dijo que había muchos en la zona, por ser muy calcárea. Es tan vago que nos aconsejó que los podíamos pillar en la curva del barranco, en que aminoran la velocidad. Yo es que no los he visto; quizás es que miro mucho al cielo esperando la bendición de la lluvia, para enfriar este averno que es Edén para este tiempo. Tierra seca y áspera esta, de agua escasa y humedad abundante en el aire por la proximidad del mar, seguro que hay caracoles, esos simpáticos animalitos. Estaré atento.

martes 30 de junio de 2009

Ausencias


Lúzbel anda en misión especial en Honduras; a mi amigo Pepe lo han comisionado a Las Tierras Altas, donde supervisará la plantación "El Eterno", y ya le hecho de menos. Sólo el Comandante Cucho y yo nos hemos quedado en Edén, y la verdad es que no me resulta de mucha ayuda, ya que su único fiero entusiasmo, gira en torno a la cena. El trabajo se multiplica y las labores de intendencia parecen destinadas a una fuerza mucho mayor de la que disponemos, así que no estamos haciendo incursiones en las aldeas próximas, y las cabras han huido por alguna razón... está jodida la cosa. He retomado algunas viejas prácticas. Recibo en confesión a Guadalupe Cienfuegos, una lugareña solidaria que a veces nos trae comida (y malos pensamientos). Inclino mi cabeza y bajo mi capucha para animarla a que hable, aprovecho entonces para recorrerle los apetitosos muslos morenos con los ojos; lo hago con mucho sigilo, porque pudiera ser el adiós a los pastelitos.
El huerto progresa adecuadamente, pero no sólo de tomates, higos y alficoz vive el hombre; me pregunto... ¿dónde andarán las jodidas cabras?

sábado 13 de junio de 2009

Matinée

A veces se descuelga sobre mí una clarividencia desoladora, precedida por un embarazo de torpeza, miedo velado y desánimo. Es entonces cuando puedo ver a través de las cosas y los seres. Intento una leve resistencia, dejando a la mente escoger los senderos por los que habrá de recrearse y rescatarme, pero ella se niega, y me da un pasillo oscuro, en cuyo fondo, se ve la luz tenebrosa del punto de partida. Un mareo tenue me impide acometer tareas que me alejen del negro influjo de la escena; distraerme de la caída, y me despeño indefenso al patio de butacas. Entro en el teatro vacío, sin moverme del colapso paralizante en que yazgo esperando la resurrección de la amnesia salvadora. Puedo ver al público ausente, buscando en la representación, una tregua a la consciencia de ser quienes son, en el lugar mismo en que "alguien" (según ansían creer), les ha ubicado; puedo ver sus juicios preparados, en un dossier que traen disimulado en la expectativa de sorpresa; sus aplausos apriorísticos o sus abucheos en la recámara, por el ansia de una revancha sin match inicial. Sin los focos, la miseria de teatrillo es evidente; grasientas las sogas de la tramoya; manoseados e inmundos los decorados repintados ad infinitum, para representar la maravilla esquiva; las marcas de tiza en el suelo, encorsetando la naturalidad de los movimientos. El polvo sobre los atriles, no parece anticipar la diáfana ensoñación de los acordes, así como los remiendos del cortinado, no parecen un buen marco para una noche de gloria; genuflexiones de una humildad equívoca y una ardiente impaciencia por la cena.
El fosco coliseo de mi visión, tiene precios asequibles porque puedes tener que intervenir en un momento, como en las salas de teatro alemán, donde haciendo gala de tu mejor falsía, habrás de ayudar a los demás, a mantener en su sitio las caretas; dignamente, como corresponde al prestigioso colectivo de farsantes, que se aprenden su papel, y salen a parodiar el drama y la comedia.

miércoles 10 de junio de 2009

El viento negro

Hay una correlación entre el "Dust bowl" de la década de los 30 en EE.UU. y el desastre económico en curso. El exceso, siempre el exceso, consigue ponernos en una situación difícil. En aquel tiempo fue la mala gestión de los campos de cultivo; la extensión de los sembrados a las tierras que actuaban como barrera de la desertización y una sequía tan pertinaz como inoportuna.
Los labriegos de Armani, emulando a aquellos rudos rednecks de Oklahoma, insistieron en sembrar un dinero ficticio en campos poco apropiados, y vender los aparentes brotes a todos los cazagangas financieros de la aldea global; la cosecha ya podemos verla en los desplazados y parados que pueblan nuestras urbes, desposeídos, a expensas de la caridad o a los pies de explotadores y mafias.
Parece una constante que habrán de pagar siempre los mismos, no importa quién haya desparramado las venenosas semillas del abuso. Nada hay más esencial que el cereal, la carne, los lácteos o los modestos pepinos; sin embargo, quienes se encargan de garantizar que podamos seguir vivos gracias a los alimentos, son los que menos beneficio reciben del constante esfuerzo de extraer los frutos de la tierra o los océanos.
Nuestro sistema, premia y encumbra a quien no pasa de ser un parásito del esfuerzo ajeno, a los jetas, leguleyos o a quienes crean y desarrollan artilugios que de nada valdrían si no pudiéramos llenar nuestras desagradecidas tripitas.
No son elegantes, es verdad, las incansables hormiguitas que dedican su vida a llenar nuestras despensas; con el riesgo eterno de perderlo todo en el envite ante la caprichosa meteorología o las plagas; pero son quienes nos dan de comer, y no debiéramos morder sus manos con nuestro desinterés por su suerte. No seamos Florentinos, que desprecian un excelente colaborador porque es gordo, poco "chic", y no da bien la imagen. El viento negro de los zapadores de la tierra y el mar son los ilustres cretinos que no ven más allá de su codicia, y les desprecian tras haberles confinado a la incultura y la miseria.